Los Ángeles está preparada para el desastre, pero el COVID-19 la llevó a otro nivel

A woman kneels with her arms outstretched to the sky in front of caution tape and closed gates at a pier
Denise Martínez de Costa Mesa se arrodilla para orar frente al muelle cerrado de Huntington Beach en abril.
(Allen J. Schaben / Los Angeles Times)
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Aquí en Los Ángeles estamos íntimamente familiarizados con el trauma colectivo: terremotos y deslizamientos de tierra, olas de calor e incendios forestales.

Pero el tamaño y el alcance de la pandemia de COVID-19 ha puesto a prueba incluso a esta metrópolis resistente. No todos hemos sufrido por igual desde que la Organización Mundial de la Salud declaró una pandemia hace un año el jueves, pero todos hemos sufrido.

Y si nos hemos librado de lo peor, si hemos conservado nuestros trabajos y nuestros seres queridos están sanos, todavía hay un precio. Tener suerte en Los Ángeles es estar aislado y solo.

“Es la horrenda pérdida de vidas, de medios de vida y también las simbólicas”, comentó Roxane Cohen Silver, profesora de UC Irvine que estudia cómo las personas responden a las crisis colectivas.

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Es el dolor de perderse el último año de la escuela preparatoria y los eventos deportivos, reducir las fiestas de cumpleaños de los niños a Zoom, retrasar el asistir a la universidad y posponer bodas y otras celebraciones.

Patients are moved from the Magnolia Rehabilitation and Nursing Center in Riverside.
Los pacientes son evacuados del Centro de Enfermería y Rehabilitación Magnolia en Riverside el 7 de abril, después de que el personal no se presentó a trabajar, temerosos de que se propagara un brote de coronavirus en las instalaciones.
(Gina Ferazzi / Los Angeles Times)

“Todo el mundo tiene su propia historia terrible”, comentó.

Durante los últimos 12 meses, ha quedado cada vez más claro que Los Ángeles y otras partes de California eran objetivos ideales para el nuevo coronavirus.

El estado implementó algunas de las restricciones más extremas en el país (cierre de escuelas, restaurantes, instalaciones deportivas y más, en marzo pasado), pero no pudo evitar las oleadas mortales que hasta ahora han matado a más de 54,000 en California, 22,000 de ellos en Los Ángeles.

Two people in masks embrace in front of an open casket behind a crucifix as another person stands nearby
Felipe Juárez, víctima de COVID-19, es velado en agosto en el primer servicio al aire libre de la funeraria Continental, en cumplimiento de las órdenes de salud pública contra las reuniones en interiores. Continental está en el este de Los Ángeles.
(Robert Gauthier / Los Angeles Times)
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Al mismo tiempo, fuimos testigos de otros eventos emocionalmente desgarradores, tanto a nivel local, como nacional: el asesinato en video de George Floyd por la policía y las protestas que siguieron, algunos de los incendios forestales más grandes en la historia registrada de California, tasas de homicidio en aumento, el asalto al Capitolio por una turba insurreccional y un aumento de los crímenes de odio antiasiáticos. En el camino, el propio virus cambió, creando nuevas variantes.

La experiencia de crisis tras crisis fue tan universal que Silver y sus colegas le dieron un nombre.

“Lo llamamos trauma colectivo en cascada”, indicó. “Es casi demasiado para soportar”.

Los científicos que estudian los efectos del trauma en las personas y la sociedad ya están evaluando el experimento natural en curso que es la pandemia. La investigación sobre traumas pasados sugiere que la sociedad se recuperará incluso de esto. Pero ese día aún está lejos.

Aquí, en el sur de California, nos quitaron muchos de nuestros privilegios habituales. Los parques y las playas estuvieron cerrados durante meses; reunirse con alguien de otro domicilio no se permitió oficialmente hasta principios de octubre y luego se prohibió nuevamente solo ocho semanas después; asimismo, cuando los incendios estaban en su peor momento, el aire contaminado dificultaba incluso dar una vuelta a la manzana, uno de los pocos placeres que quedaban.

Si vivíamos solos y seguíamos las estrictas órdenes de salud pública del condado, celebramos el Día de Acción de Gracias, Navidad y Año Nuevo en la soledad de nuestros hogares. Es posible que los más cautelosos no hayan abrazado a nadie en 12 meses.

A man and his mother raise their palms to each other from opposite sides of a window while talking on cellphones
El Dr. Peter Beilenson, director de salud pública de Sacramento en ese momento, visita a su madre, Dolores Beilenson, en su hogar de vida asistida en mayo.
(Mel Melcon / Los Angeles Times)

“Los Ángeles simplemente te rompió por completo emocional, espiritual y financieramente”, dijo Emilia Fernández, de 23 años, quien abandonó la ciudad 11 meses después de la pandemia.

Leslie Grossman, de 49 años, actriz y angelina de tercera generación, describe el último año como apocalíptico.

“Me ha cambiado a nivel mitocondrial”, comentó. “Nunca seré la misma”. Y Estrella Fierroz, de 29 años, quien perdió a su padre por COVID-19 en enero, está de luto no solo por la pérdida de su mayor admirador, sino también por la incapacidad de honrar su vida con amigos y familiares.

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“Reunirse es una parte tan importante del proceso de duelo, pero no quiero alentarlo debido al virus”, señaló.

Ante una tragedia humanitaria y económica tan extrema, muchos de nosotros buscamos a alguien a quien culpar: el presidente, el gobernador, el alcalde, los líderes de salud pública, pero los expertos dicen que la baraja siempre estuvo en contra de Los Ángeles.

“En una pandemia, juegas las cartas que te reparten, no las de otra persona”, comentó Ali Mokdad, profesor de salud pública en el Instituto de Medición y Evaluación Sanitaria, con sede en la Universidad de Washington. “No es justo comparar su ciudad con otro lugar”.

A woman's head and shoulders are visible as she walks between piles of belongings at a sidewalk homeless camp
Un peatón pasa por un campamento de personas sin hogar a lo largo de West Pico Boulevard en Los Ángeles.
(Genaro Molina / Los Angeles Times)

Hogar de más de 10 millones de personas, Los Ángeles tiene altas tasas de pobreza y falta de vivienda, una gran cantidad de trabajadores esenciales y algunos de los vecindarios más densos de la nación. Entre las 25 áreas metropolitanas más grandes de Estados Unidos, el condado tiene el porcentaje más alto de casas y apartamentos superpoblados, un factor de riesgo importante para la propagación del coronavirus, con casi el doble de la tasa de la ciudad de Nueva York y el Área de la Bahía.

Cuando el coronavirus azotó a Nueva York la primavera pasada, había un lugar en Estados Unidos que los expertos temían que pudiera estar en mayor peligro.

“Los Ángeles siempre estuvo preparada para un desastre”, dijo el Dr. Abraar Karan, investigador de salud global de Harvard, quien creció en el sur de California. “Todos nosotros el año pasado estábamos esperando”.

Quizás es por eso que el condado optó por algunas de las reglas más estrictas del país para evitar la propagación del COVID-19. Sin embargo, no se sabe con certeza si esta fue la mejor estrategia.

Algunos expertos, como Emily Oster, economista de salud de la Universidad de Brown, creen que un enfoque de todo o nada rara vez logra cambiar los comportamientos y que, incluso si pudiera hacerlo con la pandemia, puede ser extremadamente perjudicial para la salud mental.

“Estamos tan concentrados en este riesgo, y no es que yo sea una negadora del COVID; creo que es realmente malo”, comentó. “Pero no es correcto decir que es el único peligro al que se enfrentan las personas. Los costos para la salud mental del aislamiento en su casa durante meses son reales”.

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Definitivamente fue demasiado para Fernández, quien perdió su trabajo en un gimnasio y un bar poco después de la pandemia. Para ahorrar dinero, se mudó del apartamento de West Hollywood que compartía con su mejor amiga y se mudó sola a un lugar más barato. Cuando sus fondos de desempleo se agotaron en octubre, comenzó a pagar el alquiler con ahorros y pidiendo dinero prestado a sus amigos. Tenía menos de $20 a la semana para comida.

A woman jumps while exercising inside a transparent plastic pod in a gym
Jennie Reynoso se ejercita en junio en Inspire South Bay Fitness en Redondo Beach dentro de una cápsula hecha de tubería de PVC y cortinas de ducha.
(Jay L. Clendenin / Los Angeles Times)

Pero no fueron los problemas financieros los que la hicieron regresar a su ciudad natal de Miami el mes pasado. Fue la soledad.

“Estaba luchando mentalmente”, señaló. “No tenía energía. Iría a trabajar y a dormir. No haría nada. Literalmente no hice nada”.

Grossman, una angelina de toda la vida, dice que el último año en Los Ángeles sintió como si alguien tomara barro y lo vertiera por toda su vida. Todo fue más difícil.

“Es una situación de todo el día, siempre aquí”, explicó. Algunos de sus mejores amigos se han mudado a lugares donde sus hijos pueden ir a la escuela en persona y la vida se siente más normal. Sus hijos apenas han visto a sus abuelos en los últimos 12 meses. Y cada día lidia con la ansiedad de ir a un set con algunos cientos de personas más, con la esperanza de que no haya un brote.

“Soy muy consciente de que Los Ángeles no es una ciudad perfecta, pero esta fue la primera vez que sentí que no sabía si podría seguir viviendo aquí”, comentó. “Existe este aspecto de sentir que la ciudad está en llamas y no hay nada que podamos hacer excepto no salir de casa”.

Jason Ervin nunca tuvo un ataque de pánico en su vida antes de la pandemia. En 2020, llevaba siete.

El representante de servicio al cliente de 44 años de una tienda de muebles para el hogar volvió a trabajar en persona en junio. Al principio fue estresante, pero a medida que avanzaba el verano, parecía que Los Ángeles tenía el virus bajo control, comentó.

Pero en noviembre, cuando los casos de coronavirus comenzaron a aumentar, también lo hizo la ansiedad de Ervin. Observó al Departamento de Salud Pública del condado prohibir las comidas al aire libre e instituir otra orden para quedarse en casa, mientras su tienda permanecía abierta. Muchos trabajadores que todavía tenían que ir a sus oficinas describieron una sensación de confusión y traición que agravó su miseria.

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“Todos estábamos un poco en estado de shock porque nos dimos cuenta de que no íbamos a cerrar. Que estábamos literalmente en una oleada, decían lo mal que estaba y [los funcionarios] realmente no iban a hacer nada”, señaló. “Fue tan surreal”.

Ervin comenzó a pedir que lo llevaran al trabajo en lugar de caminar como solía hacerlo, porque el viaje más largo le dejaba demasiado tiempo para que su ansiedad lo engullera y lo envolviera. Durante semanas no fue a ningún otro lugar que no fuera el mercado.

Luego, a mediados de diciembre, se despertó con una fiebre de 100 grados. Dio positivo por coronavirus.

Durante unos días, luchó por respirar, pero decidió no ir a la sala de emergencias porque sabía que los hospitales estaban muy llenos.

Su “niebla mental” se disipó el día de Año Nuevo, explicó. La fatiga duró hasta mediados de enero. Tuvo suerte.

En las primeras semanas de la pandemia, cuando el primer cierre de California dejó las autopistas y las calles de la ciudad inquietantemente silenciosas, Silver y otros expertos en trauma lanzaron un estudio para rastrear la respuesta psicológica de los estadounidenses ante la pandemia a lo largo del tiempo.

Aerial view of a mostly empty freeway running between green hills toward the downtown L.A. skyline
La Autopista 110 está prácticamente vacía en abril en medio de las primeras restricciones del coronavirus en Los Ángeles.
(Robert Gauthier / Los Angeles Times)

Photos look back at 2020’s wild ride in the Golden State.

El grupo había realizado estudios similares después de otras crisis colectivas, como el 11 de septiembre y el atentado del maratón de Boston. Pero esto fue diferente.

“No es como el 11 de septiembre, donde los edificios cayeron y supimos cuántas personas murieron y pasamos el próximo año, o años, lidiando con las cosas”, señaló Silver. “Este acontecimiento ha continuado, ha sido crónico, ha ido en aumento y se ha transformado, de un evento traumático, a otro”.

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De alguna manera, comentó, la experiencia de vivir con COVID-19 es más comparable a otro tipo de desastre de movimiento lento: la guerra.

Su investigación está en curso, pero el grupo ha encontrado algunos patrones.

Su estudio inicial muestra que las personas que enfrentaron la mayoría de los factores estresantes relacionados con COVID-19, como la pérdida de un trabajo, el miedo a perder un empleo y la dificultad para obtener cuidado infantil, tenían más probabilidades de presentar síntomas de depresión y ansiedad. Apenas una sorpresa.

Pero había otro grupo que también había aumentado los síntomas: los que se sumergen en los medios, rastreando obsesivamente el virus y los otros eventos traumáticos del año.

Como ha demostrado su trabajo anterior, las personas pueden verse profundamente afectadas por eventos que posiblemente no los afectaron directamente, especialmente si se exponen a los mismos incidentes traumáticos una y otra vez a través de sitios web, redes sociales y televisión.

Y, sin embargo.

El trabajo de Silver también ha demostrado que todavía hay motivos para tener esperanza.

“Saldremos por el otro lado y creo que la gente será bastante resiliente”, señaló Silver. “Pero eso no minimiza la tremenda pérdida”.

Los casos nuevos diarios en Los Ángeles han caído más del 90% desde su pico a principios de enero, casi 1 de cada 4 residentes ha recibido al menos una inyección de la vacuna COVID-19 y se administran miles de dosis más cada día. Los distritos escolares, incluido el gigantesco Distrito Unificado de Los Ángeles, imaginan el aprendizaje en persona por primera vez en más de un año. El fútbol de la escuela preparatoria se reanuda el viernes.

Hay planes para abrir parques temáticos y reanudar el Desfile de las Rosas. Y, desde hace varias semanas, se nos ha permitido volver a cortarnos el pelo en una estética.

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No es momento de abandonar la precaución o los cubrebocas y los funcionarios de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades advierten que podría producirse un cuarto aumento si lo hacemos.

Pero el segundo año de la pandemia podría, con vigilancia, prudencia y un poco de suerte, ser muy diferente del primero.

Vamos a salir de esto.

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