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El presidente de El Salvador consolida poder en medio de temores por su autoritarismo

Nayib Bukele
El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, se dirige a sus partidarios, en San Salvador.
(Moises Castillo / Associated Press)

El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, tendrá probablemente la capacidad de pasar por encima de cualquier objeción de la oposición para nombrar a los funcionarios que desee y aprobar las leyes que quiera.

Hace un año, el presidente de El Salvador tildó al Congreso controlado por la oposición como una colección de “criminales”, e irrumpió en el palacio legislativo con tropas fuertemente armadas y policías antidisturbios.

La demostración de fuerza, un intento fallido de obtener la aprobación de un préstamo de $109 millones para comprar equipos militares y policiales que permitan combatir la violencia de las pandillas, fue ampliamente criticada como uno de los puntos más oscuros en la historia de El Salvador desde que terminó allí una sangrienta guerra civil, en 1992.

Ahora, parece que el presidente Nayib Bukele ya no tendrá que preocuparse de que los legisladores frustren sus planes.

El líder, de 39 años de edad, se mantuvo en una posición singular de poder el lunes, después de que su partido obtuviera una aplastante victoria en las elecciones de mitad de mandato, celebradas un día antes en este país centroamericano con 6.5 millones de habitantes.

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Los resultados iniciales mostraron que su partido, Nuevas Ideas, ganaría 56 de 84 escaños en la Asamblea Legislativa, el congreso unicameral del país. Al parecer, un bloque aliado se alzaría con cinco escaños adicionales, lo cual probablemente le daría a Bukele la capacidad de nombrar al fiscal general, a los jueces de la Corte Suprema y ocupar otros puestos clave, así como de aprobar leyes a pesar de las objeciones de otros partidos políticos.

Fue un triunfo de envergadura y sin precedentes desde que el país salió de la guerra -que dejó más de 75.000 muertos- y emprendió un camino desigual hacia la democracia.

La victoria fue tan aplastante que muchos críticos en el país y en el extranjero temen una deriva acelerada hacia el gobierno despótico por parte de un presidente que ha sido acusado de tendencias autoritarias.

Hecho jirones está el sistema anterior, dominado por dos partidos principales, ambos con orígenes en la guerra.

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El partido del presidente Nayib Bukele lidera las encuestas en las elecciones de El Salvador del domingo. Una victoria podría poner más poder en sus manos en medio de una democracia tambaleante.

Los medios locales proyectaron que solo 14 escaños serían para la Alianza Republicana Nacionalista, de derecha (o Arena), que gobernó el país entre 1989 y 2009. Solo cuatro bancadas podrían ser ocupadas por el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, o FMLN, anteriormente la fuerza guerrillera de izquierda, que luchó contra el gobierno respaldado por Estados Unidos durante la guerra.

“Estamos escribiendo la historia de nuestro país”, declaró este lunes un triunfante Bukele en un mensaje de Twitter a sus más de 2.3 millones de seguidores.

Desde que asumió el cargo, hace casi dos años, Bukele ha demonizado constantemente a la oposición, a la prensa y a la mayoría de quienes se opusieron a su estilo de política populista cruda. Designó a familiares para integrar su gobierno, ignoró los fallos de la Corte Suprema y las directivas legislativas y detuvo a los acusados de violar su estricto bloqueo durante la pandemia.

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El mes pasado, el mandatario envió un mensaje de Twitter en el que insinuaba que el FMLN había orquestado la muerte a tiros de dos de sus partidarios después de un mitin, en un intento por atraer simpatía hacia su menguante campaña. En un momento de 2020, Bukele le dijo a un grupo de banqueros internacionales: “Si vivieran un día en El Salvador, incendiarían a todos los políticos juntos”.

Tal retórica avivó los temores de que el presidente, en gran parte liberado de las restricciones legislativas, ignorará toda crítica y normas por el resto de su mandato de cinco años.

“El exceso de poder, sin control… tiende a corromper, no solo a nivel económico, sino también en el terreno de las ideas, la ética y los derechos humanos”, afirmó un editorial publicado este lunes por la Universidad de Centroamérica, en San Salvador.

La institución, dirigida por los jesuitas -donde los soldados en 1989 mataron a seis sacerdotes, su ama de llaves y la hija de ésta, de 16 años de edad, en una de las masacres más notorias de la guerra civil- agregó: “Creer que El Salvador puede mostrar avances con autoritarismo [y] sin diálogo es no conocer su historia”.

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Miguel Fortín Magaña, columnista del diario La Prensa Gráfica, tuiteó: “Descanse en paz, El Salvador. Ayer perdiste tu democracia”.

Pero los partidarios de Bukele estaban eufóricos. Los fuegos artificiales plagaban el cielo nocturno en San Salvador, mientras celebraban su victoria. “A todos los que ayudaron a echar fuera a los corruptos… ¡GRACIAS!”, tuiteó Milena Mayorga, la embajadora de El Salvador en Washington.

El partido Nuevas Ideas del presidente Nayib Bukele se encamina a obtener la mayoría de las alcaldías y toma el control del Congreso salvadoreño, pese a las advertencias de sus adversarios que lo acusan de autoritario y habían pedido votar en contra de su fuerza para no darle más poder político

Bukele, un ex alcalde de San Salvador que supo dirigir una distribuidora de motocicletas en la capital de este país, ganó la presidencia en una plataforma externa de lucha contra la corrupción, que buscó trascender el partidismo político y restablecer la seguridad.

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Su imagen hipster, apoyada en su afición por las gafas de sol y las chaquetas de cuero, y su agilidad en las redes sociales, ayudaron a solidificar su posición como un reformador joven que podría ayudar a El Salvador a escapar de su pasado. Él tenía apenas 10 años cuando los acuerdos de paz pusieron fin a la guerra. “El Salvador ha pasado la página a la era de la posguerra”, declaró luego de ser electo.

Bukele se había presentado bajo la bandera de un pequeño partido de centro derecha, mientras Nuevas Ideas, que había formado un año antes, todavía se legalizaba.

También persiguió asiduamente y logró una relación cercana con la administración Trump, a quien calificó de “genial”, y luego firmó un acuerdo de inmigración con Washington considerado por defensores de los derechos humanos como injusto con los migrantes, y rompió relaciones con el gobierno socialista de Venezuela.

Es poco probable que disfrute de una cercanía similar con el presidente Biden, quien enfatizó la difusión de la democracia y la lucha contra la corrupción en Centroamérica.

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Juan González, director sénior del Consejo de Seguridad Nacional de la administración Biden para el Hemisferio Occidental, dijo al sitio de noticias salvadoreño El Faro, el pasado enero, que esperaba tener “diferencias” con Bukele y que cualquier líder que no “esté listo” para combatir la corrupción no sería un aliado de Estados Unidos.

The Associated Press informó que nadie del equipo de Biden accedió a ver al presidente salvadoreño durante su visita reciente a Washington. Bukele, sin embargo, negó cualquier desaire.

La popularidad del presidente en El Salvador es indiscutible. Algunas encuestas mostraron un índice de aprobación de más del 80%, un reflejo en parte de la insatisfacción generalizada con los partidos plagados de corrupción que dominaron la escena durante mucho tiempo.

Numerosos votantes dan crédito a la política de seguridad de Bukele por la reducción de la violencia endémica de las pandillas, aunque la tasa de homicidios de El Salvador, entre las más altas del mundo, venía disminuyendo años antes de que éste asumiera el cargo.

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El joven mandatario también forjó vínculos estrechos con las poderosas fuerzas armadas y la policía, y defendió las subvenciones en efectivo y la distribución gratuita de alimentos a los necesitados durante la pandemia. “A pesar de sus claras tendencias autoritarias… el presidente salvadoreño es un monstruo político en un país donde una población abrumadoramente joven muestra escasa preocupación por la erosión de las normas e instituciones democráticas”, remarcó Michael Shifter, presidente de Inter-American Dialogue, un grupo de expertos de Washington, en un correo electrónico. “Las únicas limitaciones al poder de Bukele son los medios independientes asediados y los grupos de la sociedad civil en El Salvador, así como la administración Biden, que ya ha mostrado su preocupación por el alarmante deslizamiento autoritario en el país”.

El redactor de planta de The Times McDonnell reportó desde Ciudad de México; el corresponsal especial Renderos lo hizo desde El Salvador.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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