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Editorial: Acción de Gracias en 2020: solos de nuevo

A passenger wearing personal protective equipment walks in the Tom Bradley International Terminal at LAX on November 17.
Un pasajero con equipo de protección personal camina en la terminal internacional Tom Bradley, en LAX, el 17 de noviembre.
(Los Angeles Times)

Hemos hecho nuestros preparativos para el Día de Acción de Gracias. Tal vez el manjar sobre la mesa sea una pechuga de pavo, un pato, una pequeña porción de asado vegano o algo tan pequeño como una gallina de Cornualles. Hemos reducido la cantidad de papas y el volumen del relleno.

También cancelamos las reservaciones de avión o los planes para un viaje largo hasta la casa de un amigo. Si vivimos solos, lo más probable es que así también lo estemos el único día del año en el que se nos ha prácticamente garantizado la calidez y la comodidad de la compañía. Si tenemos suerte, formaremos una burbuja social con un par de amigos y haremos un banquete con ellos.

No parece haber mucho que agradecer a medida que nos acercamos a estas vacaciones. Las tasas de infección por COVID-19 están aumentando nuevamente, al igual que el índice de mortalidad, y quizá sería bueno no tener invitados durante el fin de semana largo, porque podría ser difícil hallar suficiente papel higiénico para todos.

Muchas de las escuelas que volvieron a abrir ahora cierran nuevamente. Los estudiantes se quedan cada vez más atrás en su aprendizaje, más de lo que habrían estado ya en un año escolar tradicional. Las tiendas, restaurantes y salones y otros comercios de servicios siguen sufriendo; más negocios se ven amenazados con el cierre permanente. A diferencia de cuando todo esto comenzó, justo antes de la primavera, los días ahora se vuelven más fríos, más cortos y más oscuros.

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Ya hemos renunciado a tantas cosas… Los servicios de Pascuas y los séder de Pésaj, típicamente grandes reuniones de la familia y la comunidad, se cancelaron o se llevaron a cabo en línea. También las graduaciones, los fuegos artificiales del Cuatro de Julio, las vacaciones de verano y el regreso a clases.

Y ahora nos golpea lo que parece el máximo insulto: el incremento de las tasas de enfermedad, después de todos los sacrificios hechos hace meses para “aplanar la curva”, justo cuando Estados Unidos se prepara para lo que solía ser un día de grandes reuniones con nuestros seres queridos -y aquellos con quienes discutimos de política-. Es una de las pocas veces al año en que las personas pueden encajar en ambas categorías a la vez.

Esperando con ansias el día de viajes más importante del año, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) nos dicen que nos quedemos en casa. En el día de compras más activo del año, no podremos agolparnos en las tiendas durante horas. Si somos inteligentes, prestaremos atención a las advertencias de no volar, de no reunirnos en el interior con personas de distintos hogares y no participar de grandes reuniones. Mantendremos nuestras mascarillas puestas excepto al comer, acortaremos el tiempo que pasamos juntos y limitaremos nuestra socialización a distancias seguras al aire libre, algo que en el sur de California podría ser una posibilidad.

Peor aún, no sabemos cuándo ni cómo terminará todo esto. Los peregrinos celebraron la supervivencia en el primer Día de Acción de Gracias. Nos preguntamos cuántos de nosotros sobreviviremos y cuánto tiempo tendremos que preocuparnos. De hecho, la pandemia nos ha confrontado con cuántos estadounidenses viven al borde de la supervivencia todo el tiempo, con inseguridad alimentaria y de vivienda, una tenue retención del empleo y desatención sanitaria.

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Pero al mismo tiempo que lamentamos lo que falta, asimismo podemos recordar lo que, en última instancia, también celebraban los peregrinos. Estaban agradecidos por tener la resiliencia -y la ayuda de los nativos americanos- que les permitió superar un momento desafiante de privaciones en una nueva tierra.

También nosotros estamos en una tierra nueva, en sentido figurado, de gran incertidumbre. E igualmente contamos con personas que nos ayudan: investigadores médicos dedicados, que desarrollan tratamientos y vacunas; médicos y enfermeros que arriesgan sus vidas para atender a los enfermos, trabajadores esenciales que nos mantienen abastecidos de alimentos, electricidad y agua.

Demostremos nuestra gratitud por su ayuda. Podemos trabajar en pos de nuestra supervivencia compartida produciendo el equipo de protección que necesita el personal médico de primera línea y esencial, apoyar a los necesitados y mantener nuestra distancia social alta, nuestras quejas bajas y nuestras mascarillas puestas. Eso, y no comprar papel higiénico por pánico.

Cansados como nos encontramos todos de las nuevas rutinas, estamos mostrando decisión y un poco de creatividad. Algunos ya se han aislado durante días, tal vez hasta se han hecho pruebas de COVID-19, dispuestos a hacer cualquier cosa para poder saludar a sus seres queridos en el Día de Acción de Gracias e incluso hasta darles un abrazo. Otros están planeando videollamadas para aliviar su soledad, y otros más entregan comida y consuelo a quienes necesitan asistencia para sobrevivir en los niveles más elementales.

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Solos y en conjunto, afrontaremos la incertidumbre. Esa resiliencia es nuestra fuerza, por la cual podemos dar gracias.

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