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California

Le quedan meses de vida, pero planea su muerte pensando en la familia

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Hanna Olivas tiene una enfermedad incurable, por eso planea mudarse a California para tener acceso a la opción de fin de vida.
(J. Emilio Flores)

Cada vez que Hanna Olivas despierta, le agradece a Dios por darle un día más de vida. En su caso, los médicos le han dicho que en unos meses puede morir de no ser por un milagro o el hallazgo de una cura a su cáncer de sangre, hasta ahora incurable.

Con el pragmatismo de toda una guerrera, Olivas, de 45 años de edad, sabe que debe luchar por recuperarse hasta el final. Sin embargo, está consciente del diagnóstico y ha decidido que cuando llegue el momento, ella morirá bajo sus propios términos.

En sus palabras, “sin dolor agonizante que me haga sufrir a mi o a mi familia: con cuidado paliativo” o ayuda médica para morir.

En medio de las críticas por su deseo, ella y su familia tendrán que mudarse a California en poco tiempo, ya que Nevada, donde radica, no tiene acceso a la opción de fin de vida.

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“El derecho a morir dignamente es una extensión del derecho fundamental a vivir dignamente”, dice Olivas, madre de cuatro hijos entre 21 y 27 años de edad.

“No muchos saben, pero aquellos que han experimentado la muerte de un ser querido con cáncer, saben que es horrible y lenta. Yo no quiero que mi familia me recuerde en alaridos gritando de sufrimiento, no deseo que me vean desgastada o vencida, ni morir en un hospital frio lejos de mi hogar”, sostiene.

El diagnóstico

Olivas fue diagnosticada con mieloma múltiple, un cáncer de sangre muy raro; en ese momento, ella no pensó en la muerte asistida sino en recuperarse. De hecho, hasta ahora esa es una de sus metas.

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Hanna y su esposo Jerry Olivas.

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En mayo 2017, la madre de familia sostiene haber pisado las puertas de un hospital para ver qué era lo que la mantenía cansada todo el tiempo, sin aliento, con dolor corporal, dolores de cabeza severos, náuseas y un sabor a metal persistente en su boca.

Los expertos primero le dijeron que era estrés o depresión. Después, le indicaron que era anemia o lupus. Nadie le daba un diagnóstico claro en Nevada, tampoco ninguno quería ayudarla.

No fue hasta nueve meses después que acudió a Mayo Clinic, donde especialistas de cáncer de la sangre le dieron el diagnóstico devastador.

“Tuve quimioterapia, pero mi cuerpo no la aceptó bien y tuve reacciones negativas con mis riñones e hígado”, sostiene.

Dos años más tarde, Olivas está bajo otros tratamientos aunque su cuerpo está rechazando cada uno de ellos.

“Nadie piensa en morir. Tengo a mis hijos, a mis dos nietos, a mi esposo, a mi familia. Soy feliz fuera de la enfermedad, pero cuando me veo de cara a cara con la muerte, también tengo decisiones conscientes que tomar quiera o no”, dice.

Aunque los doctores le han dado un año de vida, ella asegura que tiene más tiempo.

La decisión

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Escoger el cuidado paliativo en abril de este año le fue fácil a Olivas, pero la parte difícil fue decirle a su familia.

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Hanna comparte su tiempo con su esposo Jerry y sus hijos Ronald y Jasmin.

“Todo este tiempo desde mi diagnóstico están atravesando el dolor de perderme, frustración por no poder ayudarme y confusión sobre lo que he escogido, pero al mismo tiempo no me quieren ver sufrir”, dijo.

Tener su tiempo de vida contado, le ha permitido a Olivas descubrir que el morir con dignidad hace referencia a la garantía que tienen las personas de ejercer su autonomía al final de la vida. Ella dice contar con las facultades que le permiten representarse válidamente ante la Ley, tomar decisiones libres e informadas y tener control sobre el proceso de su muerte.

La ayuda médica en las leyes de muerte autoriza a los pacientes con enfermedades terminales con menos de seis meses de vida a solicitar y obtener una receta de su médico, dónde indica qué pueden ingerir para poner fin a sus vidas de una manera humana y digna.

Dos médicos deben confirmar que el paciente tiene una enfermedad terminal y un pronóstico de 6 meses y que el paciente es mentalmente capaz y actúa voluntariamente.

Olivas está consciente de que hay gente que no entiende la ruta que ha tomado, mucho menos sus dolencias físicas y síntomas con los que debe lidiar a diario.

“No considero el cuidado paliativo como un suicidio. Mi corazón y mi mente trabajan bien. Mis ganas de vivir son fuertes, pero no puedo controlar cómo está funcionando mi cuerpo”, agrega.

Las críticas

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El cuidado paliativo es un tema controversial. Los teólogos sostienen que la vida es un regalo de Dios y que el acortamiento intencional es tan malo como el asesinato. Sin embargo, Olivas sostiene que la comunidad necesita educarse y escuchar las historias de otras personas que han utilizado la ley.

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A pesar de su enfermedad, la madre de familia aboga por los más vulnerables.

A todas esas personas que no están de acuerdo con el cuidado paliativo, Olivas les asegura que el cáncer no la define y ni deja que la controle.

“Sé que Dios me protege y me guía. Sé que su amor es más fuerte que las críticas y que no voy a irme al infierno por mi decisión”, señala.

La ayuda médica para morir es legal en nueve estados de Estados Unidos y el Distrito de Columbia. Hawái, Maine, Nueva Jersey, Oregón, Vermont y Washington lo conceden. Por su parte, la opción es dada a individuos en Montana y California por decisión judicial.

Mientras la legislación sobre el derecho a morir está en debate en muchos estados, el 73% de los adultos en la nación dice que se debe permitir que un médico ponga fin a la vida de un paciente con una enfermedad terminal sin dolor si el enfermo lo solicita, de acuerdo a una encuesta de Gallup.

El legado

Olivas no tiene la energía de una persona sana. No obstante, eso no le impide trabajar como maquillista dos veces por semana, ni mucho menos ser voluntaria para The Leukemia & Lymphoma Society, Hope for Prisoners, y abogar por el tratamiento al cáncer de seno, entre otras iniciativas.

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Hanna y Jerry en Nueva York, un lugar que ella siempre quiso visitar.

“Las Vegas tiene dinero para gastar en luces e invertir en los juegos, pero ningún doctor del estado pudo diagnosticarme. Los pacientes como yo tienen que salir del estado para un tratamiento. Estoy luchando para traer expertos a Nevada”, dice.

A pesar del año de vida que le han diagnosticado, la activista busca abrir una organización sin fines de lucro, abogar para que ciertos estados adopten la ley de opción de vida y la investigación de cáncer en la sangre.

“Quiero que mis hijos se queden con mi recuerdo de lucha, voluntariado y valor. Deseo que ayuden a otros como yo”, sostiene.

Oliva afirma que se llevará tres aprendizajes a la tumba, mismos que quiere que sus hijos sigan en vida: No vale la pena estresarse por las cosas pequeñas, la familia lo es todo y no hay que estar enojados con ella, y haz lo que tu corazón dice en esta vida.

“Mi corazón quiere viajar. Sólo tenemos una vida, y lo que escogemos hacer con ella. Una vez que nos vamos ya no regresamos”, dijo con una mezcla de sonrisas y llanto.

“Pero lo que me gustaría decirle al mundo es que cuiden su vida, luchen por ella, sean fuertes cuando se sientan vencidos, y al momento que llegue la hora, no tengan miedo de hacer valer su opción”, concluye Olivas.


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