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Crecen las tasas de vacunación en adultos mayores, ¿pero cuándo habilitarán las visitas familiares?

Melody Taylor Stark holds a mask in her hand
La última vez que Melody Taylor Stark abrazó a su esposo Bill, de 84 años, fue el 13 de marzo, justo antes del aislamiento.
(Francine Orr / Los Angeles Times)

Médicos, residentes y familiares han comenzado a presionar para aliviar el aplastante aislamiento en las residencias de ancianos, pero los reguladores aún no han flexibilizado las normas que impiden la mayoría de las visitas.

Melissa Traub no ha abrazado a su madre de 92 años desde marzo de 2020. Al igual que muchas otras personas, imposibilitadas de ingresar a un hogar para adultos mayores para visitar a algún pariente debido al COVID-19, ha pasado casi un año escuchando con impotencia a su anciana madre por teléfono, mientras ella intenta comprender su aislamiento. “Tengo que escucharla llorar al momento que tiene un ataque de ansiedad y pregunta: '¿Por qué no puedo irme a vivir contigo?’”, relató Traub. “Ella tiene incontinencia; usa pañales. Tendría que mudarme a un lugar más grande y contratar ayuda interna”.

Pero la madre de Traub ahora está completamente vacunada, al igual que la mayoría de los residentes de su hogar de ancianos, en Reseda. Melissa recibió su primera inyección ya, y la segunda será en los próximos días. Entonces, ¿por qué no puede ir a darle un abrazo a su mamá?

Porque los reguladores aún no flexibilizaron las reglas estrictas que impiden la mayoría de las visitas.

A medida que las tasas de vacunación aumentan rápidamente en los hogares de ancianos de EE.UU y la cantidad de nuevas infecciones por coronavirus se desploma, los médicos, los residentes y sus familiares comienzan a presionar para aliviar el aplastante aislamiento que impera en las instalaciones desde la primavera pasada. Sin embargo, la cuestión no es tan simple como abrir las puertas y esperar que pase lo mejor. ¿Qué pasa con los residentes y el personal que se niega a vacunarse? ¿Es posible segregar los hogares de adultos mayores en función del estado de vacunación, creando dos clases muy distintas dentro del mismo edificio? ¿Podría permitirse a una de ellas abrazar a sus nietos, comer junto con su familia y jugar al bingo, mientras que la otra sigue sola y aislada indefinidamente?

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Lo que complica la ecuación es el hecho de que una gran cantidad de residentes y empleados que dudan en vacunarse son personas de color, muchas de las cuales tienen menos probabilidades de confiar en las garantías de un sistema sanitario que, históricamente, no ha funcionado en su beneficio.

Tras semanas de espera, la Clínica Monseñor Romero recibió el mes pasado un cargamento de vacunas de Moderna del Departamento de Salud Pública del Condado de Los Ángeles: 100 vacunas para los 12.000 pacientes de la clínica.

Mientras los reguladores comienzan a lidiar con la ciencia y la ética de la reapertura, los desanimados residentes y sus familias siguen esperando. “Simplemente es una porquería”, afirmó Traub. “Con suerte, todo terminará pronto y ella seguirá con vida. Pero siempre existe la horrible posibilidad de que, si algo pasa, no la volvamos a ver jamás”.

Cuando el COVID-19 comenzó su marcha mortal a través de los hogares de ancianos, la primavera pasada -ha matado a más de 160.000 residentes y empleados en todo el país hasta ahora- la única forma de que las asediadas instalaciones lucharan contra la enfermedad fue cerrando sus puertas, aislando a sus frágiles habitantes de sus familias y amigos. Pero esos primeros días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. En marzo habrá transcurrido un año completo.

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Y aunque el coronavirus es un asesino rápido y obvio, el aplastante aislamiento creado por los encierros ha cobrado un precio más sutil, pero aún así devastador. La depresión —siempre una preocupación en los hogares de ancianos— está en aumento, según los cuidadores. Muchos residentes perdieron peso porque dejaron de comer. La “incapacidad de desarrollarse”, un término que se asocia más comúnmente con los bebés desnutridos, se aplica cada vez más a los residentes de edad avanzada en centros de atención a largo plazo, afirman los médicos que trabajan en ellos.

Es por eso que, a medida que más hogares completan sus regímenes de vacunación de dos dosis, los geriatras y los defensores de los ancianos están presionando para reabrir las puertas a los visitantes lo antes posible. “Se han vacunado más residentes de casas para adultos que el resto de la comunidad”, comentó Molly Davies, quien se desempeña como defensora del pueblo para los residentes de cuidados a largo plazo y sus familias, en el condado de Los Ángeles. “En algún momento, un hogar de ancianos será el lugar más seguro donde estar”.

Pero no es fácil ni automático dar ese paso. Aunque la vacuna parece hacer un excelente trabajo previniendo cuadros graves y la muerte, todavía no está claro si una persona inmunizada puede infectarse y transmitir el virus a otros. Y a pesar del caos provocado por el COVID-19 en los hogares de ancianos, aún hay muchas personas en ellos que se muestran reacias a recibir las inyecciones.

 Dr. Michael Wasserman.
El Dr. Michael Wasserman es ex presidente de la Asociación Californiana de Medicina de Cuidados a Largo Plazo.
(Al Seib/Los Angeles Times)
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“Creo que el gobierno está nervioso por tomar decisiones a nivel federal y eso se filtra al nivel estatal, pero los residentes, las familias y los cuidadores ya han tenido suficiente”, afirmó el Dr. Michael Wasserman, ex presidente de la Asociación Californiana de Medicina de Cuidados a Largo Plazo, que representa a médicos, enfermeras y otras personas que trabajan en hogares para adultos mayores.

En los primeros días de la pandemia, cuando familiares rogaban que se les permitieran las visitas, las residencias los rechazaban porque sus derechos individuales eran superados por el riesgo para todos los demás en ellas. “Ahora, nos acercamos rápidamente a un punto en el cual, si alguien no está vacunado en un hogar de ancianos, el riesgo principal es para esa misma persona”, expuso Wasserman.

El Departamento de Salud Pública de California está “en proceso de evaluar los posibles ajustes a las políticas de visitas en los hogares de ancianos y al mismo tiempo se mantiene enfocado en garantizar que todo el personal y los residentes tengan la oportunidad de estar completamente vacunados contra el COVID-19", escribió la portavoz del departamento, Kate Folmar, en un correo electrónico dirigido a The Times.

Este mes, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE.UU (CDC) informaron que el 78% de los residentes a los que se les ofreció una vacuna la aceptaron, pero solo el 38% de los miembros del personal lo hicieron.

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Las pautas estatales actuales permiten visitantes en las habitaciones de los residentes donde la distribución de la comunidad es baja, pero hasta ahora solo un puñado de condados rurales de California califican para ello. Según funcionarios, varios más podrían alcanzar el umbral la próxima semana. En circunstancias extremas, como una muerte inminente, a los familiares también se les ha permitido hacer visitas, calificadas como “cuidados compasivos”, con mascarilla y bata.

Las visitas al aire libre -sin tocarse, con mascarillas obligatorias y con una separación de seis pies en todo momento- se permitieron en todo el estado desde el verano. Pero muchos hogares tienen espacio y personal limitados para supervisar tales visitas, lo cual dificulta programarlas en el mejor de los casos y están sujetas a cancelación cuando una instalación experimenta un brote, según los familiares. Además, no sustituyen a las visitas normales.

A couple embrace each other and smile for a photo
Melody Taylor Stark junto con su esposo, Bill. Pudieron disfrutar de algunas visitas al aire libre en el hogar donde reside Bill, pero Stark sabía que las cosas iban mal cuando su marido, anteriormente optimista, “comenzó a llorar y a decirme que esta no era forma de vivir”.
(Los Angeles Times)

La última vez que Melody Taylor Stark abrazó a su esposo, Bill, de 84 años de edad, fue el 13 de marzo, justo antes de los aislamientos. Se mantuvieron en contacto lo mejor que pudieron electrónicamente, pero la tecnología era desconocida y defectuosa. Bill faltó a dos citas de telemedicina porque el iPad que empleaba para las consultas online estaba bloqueado y el empleado que conocía la contraseña no estaba en el trabajo, relató Stark.

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Cuando los funcionarios de salud estatales comenzaron a permitir visitas limitadas al aire libre, ella pensó con certeza que llegaría a verlo pronto. En lugar de ello, recibió un “flujo constante de rechazos” por parte de los administradores del hogar de Arcadia, que parecían nerviosos por abrir sin el permiso explícito de los propietarios corporativos de la instalación y del departamento de salud del condado.

Con el tiempo tuvieron algunas visitas al aire libre, pero ella supo que las cosas iban mal cuando su esposo, anteriormente optimista y de buen humor, “comenzó a llorar y a decir que esta no era forma de vivir”. El hombre murió en noviembre; su esposa nunca más volvió a abrazarlo.

El hijo de Nancy Klein, de 53 años, ha estado en centros de cuidados a largo plazo durante cinco años, desde que una hemorragia cerebral masiva lo dejó sin poder moverse, hablar o alimentarse por sí mismo. Las llamadas telefónicas y FaceTime, los salvavidas para muchos durante la pandemia, no son opciones para él.

Aunque ha habido algunos empleados amables en las distintas instalaciones de Los Ángeles y el condado de Riverside en las que el hombre ha vivido -Klein no quiso nombrar la actual por temor a molestar a los administradores y que se complique aún más el tema de las visitas- no todos son tan cariñosos como ella sería. Su hijo es grande y difícil de mover, por lo cual le preocupa que los auxiliares de enfermería “le golpeen el cráneo con la cabecera” de la cama mientras intentan cambiarlo.

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Los enfermeros también prueban la temperatura del agua con las manos enguantadas antes de bañarlo, en lugar de hacerlo con la parte blanda en la curva de un codo, como lo hace ella. “No saben si está demasiado caliente... Para ellos es como lavar un auto”, afirmó Klein.

A partir del 15 de marzo, las personas de entre 16 y 64 años de edad que sean discapacitadas o tengan un alto riesgo de morbilidad y mortalidad por COVID-19 podrán vacunarse.

Klein, de 79 años, recibió su primera dosis y espera la segunda a principios de marzo. Su hijo todavía tiene anticuerpos de su reciente recuperación del COVID-19, pero ella permitirá que lo vacunen lo antes posible.

Antes de la pandemia, relató Klein, pasaba con él casi siete horas al día. Es horrible imaginar lo que pasa por su mente ahora, sin ella allí a diario. “Realmente debe pensar que lo abandoné", afirma la madre.

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Aún así, no todo el mundo confía en que sea seguro abrir las puertas para los visitantes todavía.

La Dra. Swati Gaur es geriatra de dos hogares de adultos mayores en la zona rural de Georgia, al norte de Atlanta. Aunque algunos datos sugieren que la vacunación también reduce la capacidad de una persona para contraer y transmitir el virus, “no puedo estar segura”, expresó Gaur.

“He visto lo que ocurre cuando una instalación colapsa”, agregó la doctora, describiendo el dolor y el caos que se vive durante un brote. “No sé si estoy preparada para revivir eso. Es una pérdida que a nadie le apetece”.

En cambio, dijo, planea introducir almuerzos comunales lentamente, con alrededor de 12 residentes a la vez, en una sala diseñada para 50 personas. De esa manera, si hay un brote, puede ser limitado. “Si lo primero que hago es permitir las visitas, entonces habilitamos que un individuo no vacunado camine por los pasillos y toque a los pacientes”, añadió. “Creamos una red potencial para la transmisión de enfermedades”.

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Lo que complica las cosas es que pocas personas en su conservadora región republicana están dispuestas a usar mascarillas, y mucho menos a vacunarse, expuso Gaur.

“Creo que la gente lo toma como una señal de deslealtad hacia nuestro anterior presidente si usan una mascarilla”, agregó Gaur. “Quizá sea por eso que soy tan reacia a traer familias a la residencia de adultos”.

Otra estrategia propuesta para tratar con los residentes y el personal que no quiere vacunarse es aislarlos en una parte separada del edificio, una segregación de facto. Pero muchos de ellos son personas de color, lo cual crea la inquietante perspectiva de hogares segregados por motivos raciales.

“Uno de mis residentes que se niega es un hombre afroamericano de unos 70 años, que simplemente ‘no cree en eso’”, escribió una geriatra de Indiana, en respuesta a una encuesta de la Asociación Californiana de Medicina de Cuidados a Largo Plazo entre profesionales de la salud, sobre las posibles reaperturas.

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El residente, que recientemente sufrió una segunda amputación por debajo de la rodilla debido a la diabetes, es mentalmente competente y capaz de comprender los problemas y tomar sus propias decisiones, escribió el médico. Los empleados hablaron con él y con su familia, pero no lograron hacerle cambiar de opinión. "¿En serio no se le permitirá jugar al bingo?”, le preguntó la doctora a sus colegas.

En una entrevista, la doctora, que pidió no ser identificada para proteger la privacidad de sus pacientes, coincide en que el principal riesgo de los residentes que se niegan a vacunarse es para ellos mismos, pero no planea segregarlos debido a su decisión. “Cualquier idea de que un puñado de personas sea alejado del resto de la población, que no se les permitirá cenar, socializar o no recibir visitas, no está bien”, dijo la doctora.

Para Pam Dransfeldt, los hogares de ancianos deberían exigir que quienes no deseen vacunarse firmen una exención y permitan que todos los demás vuelvan a sus vidas normales.

Dransfeldt no había visto a su padre de 90 años, Jack Spencer, desde que la residencia en Camarillo donde vive tuvo un brote, en noviembre, y dejó de permitir visitas al aire libre. Aún podían comunicarse por teléfono, pero no era fácil. “Definitivamente he visto una disminución en su memoria con todo el aislamiento. Además, es un solitario. Y cuando un solitario está desesperado por tener compañía, sabes que la situación es muy delicada”, remarcó Dransfeldt.

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Spencer recibió su primera dosis y se espera que reciba la segunda la próxima semana.

Como muchos hogares de ancianos de California, el de Spencer permitió visitas poco frecuentes al aire libre antes del vertiginoso aumento de casos en noviembre, pero fueron un mal sustituto, comentó Dransfeldt. No podían tocarse y las mascarillas amortiguaban sus voces, lo cual hacía particularmente difícil escuchar. “Uno está gritando en la mesa”, señaló.

Además de eso, su papá tiene fiebre del heno, que le provoca secreción nasal, por lo cual se quita la mascarilla y la usa como un pañuelo. “Siempre le decía: '¡Papá, no puedes hacer eso, nos meteremos en problemas!’”, reconoció ella.

El personal le permitió llevar a un perro pequeño, que se escabullía por la mesa para ser abrazado por su padre.

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Ella lo vio por primera vez el domingo pasado, después de meses. Fue otra visita al aire libre. En una publicación de Facebook, escribió: “Papá salió y fue directo a tomar sol. Le pregunté a dónde iba y me dijo: ‘No he visto esto en un tiempo’. Observó el sol y escuchó el canto de los pájaros”.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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