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Capellana arriesga su vida a diario frente al COVID-19, pero “ofrecer ayuda espiritual al enfermo es más gratificante”

Stephanie Ramos les recuerda a las familias que los pacientes no están solos en los hospitales.
Stephanie Ramos les recuerda a las familias que los pacientes no están solos en los hospitales.
(Stephanie Ramos)

En una época en la que muchos están lidiando con el COVID-19 entre la soledad y la muerte, el alivio llega también en forma de bienestar espiritual.

Stephanie Ramos, de 60 años, sabe esto mejor que nadie.

En un día promedio, la estudiante de capellán y quien se gradúa este jueves, visita hasta 12 pacientes en LAC-USC Hospital desde que se declaró la pandemia.

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“El impacto del coronavirus para mí comenzó con las noticias en China hablando sobre la enfermedad. Luego se extendió en Londres y poco tiempo después a Nueva York. Aún así, veía lejos el problema hasta que lo tuve frente a mí”, sostiene.

Ramos pudo paralizarse ante los casos que iba a enfrentar, pero no fue así. La señora se dobló las mangas para atender a la comunidad y no planea detenerse porque muchos, destaca casi entre lagrimas, “necesitan salud espiritual”.

Su día puede empezar con una llamada de emergencia donde, como dice: “Nunca se sabe qué habrá del otro lado”.

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“Algunos días me ha tocado ver muertes por coronavirus, otros días tengo que darles una palabra de aliento a las familias afectadas que no pueden ver a sus seres queridos contagiados. Todo sirve”, dice Ramos.

A la fecha, más de 1 millón de estadounidenses están sufriendo la pérdida de un familiar cercano a causa de COVID-19, según un nuevo análisis de investigadores de la Universidad del Sur de California.

“Los Ángeles ha sido una de las regiones más afectadas. Cuando alguien muere por coronavirus o cualquier otra enfermedad, ninguna familia debe sentirse sola. Para ello, están esos días en los que solamente tengo que estar presente y en silencio para ellos”.

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La madre de seis y abuela de otros seis es miembro de la iglesia de St. Marcellinus, en Commerce. Y aunque sabe que como capellán arriesga su vida al estar en contacto con los enfermos, descubrió hace muchos años que ella debe de estar al lado de los más necesitados.

“Los que tienen más miedo de que me contagie son mis hijos, pero al mismo tiempo ellos me apoyan mucho. Como es lo natural, uno toma sus precauciones usando la mascarilla, lavándome las manos todo el tiempo y bañándome cuando llego a casa”, dice.

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“Podría bañarme varias veces al día si me llaman para alguna emergencia”, agrega entre sonrisas tímidas.

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Como católica, Ramos ha estado involucrada en la iglesia casi 40 años de su vida. Actualmente ella lee la liturgia en su iglesia y es directora espiritual. Sin embargo, algo más le hacía falta en su historial de servicio, sostiene.

Ella comparte que desde pequeña sintió la necesidad de acompañar a los más vulnerables, un comportamiento que vio de su madre de ahora 88 años.

“A los 12 años me acuerdo que visitaba a mi primo en el hospital, tenía cáncer en el cerebro a la edad de 18. Fue una época en la que recuerdo a mi madre hacerle compañía mientras yo trataba de jugar con él”, dice Ramos.

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“También recuerdo cuando mi mamá iba a ver a una tía convaleciente al hospital, ahí empezaba hablar con otras señoras y hacerse de amigas hasta que llegaba el momento de visitar a todas”, relata.

Hace poco más de un año aproximadamente, viendo que ya había cumplido con criar a sus hijos, Ramos volvió a ver la oportunidad de ayudar no solo en la iglesia sino en el hospital.

Se inscribió entonces en las clases para capellán que ofrece el Interfaith Hospital Chapliancy Program, de la Arquidiócesis de Los Ángeles.

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Este fin de semana, Ramos formará parte de un pequeño grupo que se gradúan como capellanes tras completar 400 horas de educación y 1.200 horas clínicas de ministerio práctico (Clinical Pastor Education) que involucra visitar a los enfermos.

“Encontré un camino donde me siento bendecida por acompañar a la gente. Muchos piensan que el servicio de capellán es solo rezar, pero no es así… es ser enlace entre familias, es ser alguien de quien sostenerse cuándo la gente está débil, es ser un oído para escuchar a los que buscan desahogarse o simplemente compartir su vida”, dice Ramos.

Cuando se le pregunta si el servicio de capellán es difícil emocionalmente, especialmente en tiempos de pandemia, la señora responde “Hay gente que busca ese apoyo espiritual, hay quienes me sacan de su cuarto enojados, pero al próximo día vuelvo a tocar la puerta para que la gente sepa que no está sola”, dice.

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“Me he tenido que mentalizar a que no puedo resolver esta pandemia, ni las muertes y el dolor, pero puedo ser un apoyo espiritual”, sostiene.

Ramos, quien es quinta generación mexicana-americana, admite que aún hay algo que le molesta sobre la pandemia; la gente que cree que la enfermedad no es verdad o no es grave.

“Me molesta mucho y he tenido discusiones con amistades y personas de la iglesia sobre el tema. Si yo pudiera traer a los incrédulos a ver a las familias que sufren de la enfermedad, muchas cosas serían diferentes”, manifiesta.

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“El virus está vivo y activo, y está matando a muchos. El uso de las mascarillas es imperativo, así como el aseo”.

Desde que inició el camino de capellán, Ramos también ha sido testigo de nacimientos y otras muertes por cáncer. Asimismo, ha sido apoyo de enfermeros y equipos de salud que llegan a platicarle sobre sus experiencias en el ramo.

Ser capellán es una vocación seria, dice el padre Chris Ponnet, encargado de Chaplaincy Program en St. Camillus Center.

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“Las personas como Stephanie deben tener un amor grande por el prójimo. Mucha gente está sola, y más en estos tiempos donde las familias no pueden visitar a los pacientes”, dice Ponnet.

Stephanie reflexiona y dice: “La vida sigue con o sin nosotros, pero acompañar al enfermo y moribundo… ofrecer ayuda espiritual es más gratificante que el riesgo”.

Les recuerda a las familias con seres queridos en los hospitales, que ellos no están solos. “Aquí estamos los capellanes”.


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