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EEUU

Los mormones lloran a sus familiares masacrados en México: ‘Nuestras vidas nunca serán iguales’

Mexican Mormon Family
Loretta Miller, quien perdió a seis nietos y a su nuera en el ataque, ofrece bocadillos a algunos de sus otros nietos. Todos son miembros de la familia LeBaron, con doble nacionalidad, mexicana y estadounidense; han vivido durante décadas en una comunidad mormona separatista cerca de la frontera.
(Celia Talbot Tobin / For The Times)

Los servicios conmemorativos de los miembros de la familia mormona asesinados se llevarán a cabo en México

LA MORA, México — Desde que su hijo de 18 años le informó, sin aliento, que algo terrible le había sucedido a sus cuatro nietos y su nuera, Loretta Miller ha cocinado sin parar. Burritos, pozole, huevos, papas, pollo.

Cocina para alimentar a las fuerzas federales mexicanas que enviaron aquí para proteger a su familia, a los familiares que viajaron para asistir a los servicios y funerales, y para la oleada de periodistas internacionales que arribaron a este remoto rincón del norte de México con el fin de averiguar por qué nueve mujeres y niños estadounidenses fueron emboscados y asesinados mientras conducían por las montañas de esta zona, el lunes.

Tener 14 hijos y 27 nietos preparó a Miller para la tarea.

Mexican Mormon Family
Howard Miller consuela a uno de sus hijos por una lesión menor, mientras su hija observa. La esposa de Miller, Rhonita, y cuatro de sus hijos fueron asesinados cuando emboscaron sus automóviles, a principios de esta semana.
(Celia Talbot Tobin/For The Times)
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“Somos una familia grande”, afirmó, mientras una olla de sopa hervía a fuego lento. “Sabemos cómo lidiar con las multitudes”.

Si bien la mayoría de las casas en esta parte del estado de Sonora están hechas al estilo mexicano, de ladrillos de adobe de barro o bloques de cemento, la suya no luciría extraña en una calle del sur de California. En esta tierra amante del fútbol, ​​incluso el aro de baloncesto en la entrada de la propiedad indica que esta comunidad es diferente.

El gobierno mexicano ha sugerido que el ataque a miembros de la comunidad mormona fue un caso de identidad equivocada. Los familiares de las víctimas dicen que el grupo fue atacado intencionalmente.

Con sus extensas propiedades de estilo americano y jardines perfectamente cuidados, la pequeña ciudad de La Mora se destaca en medio del paisaje de mezquites y cactus. También lo hacen los residentes de la ciudad: una comunidad de familias en gran parte rubias y de ojos azules, pertenecientes a una secta mormona separatista que posee ciudadanía estadounidense y mexicana.

Los pasaportes azules de EE.UU los separan de sus vecinos, porque les permite emplearse o tener negocios al otro lado de la frontera, mientras que los mexicanos locales trabajan por $8 al día en las maquiladoras que pueblan la zona limítrofe.

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Es posible que al presidente de México se le esté acabando el tiempo para demostrar a sus electores, cada vez más atribulados, que su receta para hacer frente a la violencia de los cárteles puede funcionar.

Hasta esta semana, los mormones pensaban que tenían otro privilegio estadounidense: protección contra la narcoviolencia. En los 12 años transcurridos desde que México declaró la guerra a sus cárteles de la droga, lo que desencadenó una era de derramamiento de sangre sin precedentes, esos grupos han cometido horribles actos de violencia contra los mexicanos, pero rara vez atacaron a estadounidenses, como Miller y su familia, conscientes de la mala publicidad y la indeseada atención de las fuerzas del orden público que ello traería.

Esa regla tácita se rompió esta semana, cuando los nueve ciudadanos estadounidenses de la comunidad mormona fueron emboscados y asesinados. También se quebró otra máxima norma de la guerra contra las drogas: que las mujeres y los niños no se tocan. “Hasta ahora, me encantaba vivir aquí", reflexionó Miller.

Una inusual ola de violencia golpeó a esta ciudad fronteriza con un saldo de 22 personas asesinadas en sólo tres días, siete de ellas calcinadas, además de 15 vehículos incendiados (10 camiones y 5 autos particulares) en diferentes puntos de la ciudad.

Mexican Mormon Family
Miembros de la familia extendida LeBaron juegan en el exterior de la casa en Sonora, México.
(Celia Talbot Tobin/For The Times)

Su familia tiene una relación cercana con los lugareños, manifestó Miller, quien trabajan en hogares mormones y en sus granjas de nueces y granadas. Cuando uno de sus hijos murió, el año pasado en un pequeño accidente aéreo, más de 1.000 vecinos se presentaron al funeral, y los locales contrataron mariachis para que tocaran en su honor.

La pérdida de un hijo los preparó, a ella y al resto de la familia, para lidiar con el quebranto del lunes, razonó. “Si eso no nos hubiera sucedido, nunca podríamos haber sobrevivido a esto”.

Su hijo Howard se había mudado de Estados Unidos junto con su esposa, Rhonita LeBaron, y sus hijos, este año, en parte para ayudarlos después de la muerte de su hermano.

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Estaba emocionado de vivir en México, donde la vida era más relajada que en EE.UU, y donde sus siete hijos podrían deambular tranquilos. “Ella era la madre perfecta”, aseguró Miller.

El lunes, LeBaron aprovechó y se unió a una caravana de mujeres que salían de la ciudad hasta la frontera, para recoger a Howard, quien volaba de regreso desde Dakota del Norte, donde trabajaba en el negocio petrolero. Viajar juntas, pensaron las mujeres, las protegería de los peligros de conducir por caminos desolados en una zona de cárteles de drogas.

Poco después de partir, a LeBaron se le pinchó un neumático. La caravana regresó a casa y LeBaron le preguntó a Miller: "¿Crees que es una señal de que no debería salir de aquí?”. Pero volvió a salir de todos modos; cambió de vehículo y partió otra vez, en la Suburban 2011 de Miller.

Cuando su hijo fue a revisar el vehículo averiado, encontró la Suburban quemada. En el camino, los miembros de la comunidad mormona descubrirían los otros dos coches que habían sido parte de la caravana, acribillados a balas y salpicados de cuerpos. En total, tres madres y seis niños fueron asesinados por agresores que Miller y su familia sospechan son miembros de un cártel de drogas con sede en Chihuahua. El grupo está en puja con otro cártel que controla La Mora y otras partes del estado de Sonora.

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Miembros de la familia extendida LeBaron, en el exterior de la casa en Sonora, México.
(Celia Talbot Tobin/For The Times)

Ocho niños sobrevivieron al ataque. Cinco fueron trasladados en avión a Arizona para recibir tratamiento médico, y los otros tres fueron llevados a la casa de Miller. Ella les quitó la ropa ensangrentada y los masajeó hasta que finalmente se durmieron. “Lloraron durante horas y horas, hasta que ya no pudieron llorar más”, afirmó.

Su hijo Howard llegó a La Mora el lunes, con regalos para sus tres hijos sobrevivientes, que no estaban con su madre en el automóvil ese día. Los juguetes los han ayudado a distraerse, pero saben lo que está pasando.

Desde que su vida como hombre de familia fue sacudida por esa lluvia de disparos, Howard Miller no ha hablado mucho, excepto para jugar con los pequeños. “Te amo, bebé", le dice a su hija Emma, ​​de cinco años, acunándola en su regazo. “Ven aquí, muchachote”, le dice a Tristán, de siete. En el estudio donde se sienta con ellos cuelga un letrero: “Las familias son para siempre”.

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“Los cárteles siempre habían respetado a las familias”, expresa Miller. “Pero se han vuelto más despiadados”.

Los mexicanos lo saben desde hace mucho tiempo. Los homicidios han estado en niveles récord durante años aquí, pero la mayoría de los asesinatos pasan desapercibidos por los medios internacionales.

Esta semana, la policía y los periodistas invadieron la bucólica comunidad agrícola. No hubo una respuesta similar cuando 27 personas murieron quemadas en un club de striptease en Veracruz, en agosto, ni cuando 14 policías fueron emboscados y asesinados en menos de una hora en Michoacán, este octubre.

A medida que las familias aquí comenzaron los servicios conmemorativos por sus muertos, el jueves, se percibía una extraña sensación de que el lugar había cambiado, y también la vida para estos estadounidenses. Los funerales no son sólo para las familias, sino para un México en el que los estadounidenses blancos, y especialmente las mujeres y los niños, estaban antes fuera de los límites. “Nuestras vidas nunca serán iguales”, expresó Miller. “Por primera vez pienso que quizá no pase el resto de mis días en México”.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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