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Opinión

El primer intento de California de aprobar leyes antiinmigrantes se remonta a la fiebre del oro

Sutter’s Mill
En California, la llamada ‘fiebre del oro’ fue provocada por James Marshall, quien descubrió ese metal en Sutter’s Mill, cerca de Sacramento.
(Libaray of Congress)

Maniobras políticas cínicas causaron un daño enorme, pero no pudieron detener el progreso, una perspectiva que vale la pena recordar en nuestros tiempos turbulentos

California no siempre fue el estado progresista que conocemos hoy, donde los líderes políticos elogian la diversidad y presentan demandas judiciales en defensa de los inmigrantes.

Su historia está llena de enfrentamientos por temas de raza e identidad, incluido un episodio poco conocido, justo después de su nacimiento.

El 14 de septiembre de 1850, cinco días después de que California obtuviera la condición de estado, John Charles Frémont presentó un proyecto de ley en el Congreso. El hombre, uno de los dos primeros senadores estadounidenses de California, quería regular la fiebre del oro.

Su propuesta exigía que los miles de buscadores que habían invadido California durante los dos años anteriores compraran permisos federales de minería, pero estos estarían disponibles sólo para los ciudadanos.

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Un debate en el Senado sorprendentemente franco reveló el verdadero propósito de esta cláusula: negar a las personas de ciertas razas y nacionalidades su oportunidad de hacerse ricos.

Frémont fue uno de los hombres más famosos de su tiempo. En la década de 1840 fue un oficial del ejército de EE.UU asignado para mapear el oeste del país e incitar a los estadounidenses a instalarse, lo cual hizo al escribir informes populares sobre sus peligrosas aventuras. En 1846 y 1847 participó en la toma de California a México.

En aquellos primeros días, la idea visionaria que Frémont presentó sobre el lugar de California en el mundo tenía algunas connotaciones xenófobas. Como cartógrafo, llamó a la boca de la Bahía de San Francisco el ‘Golden Gate’ (portal dorado), no porque fuera una entrada a California, sino porque la consideraba una puerta de salida a Asia.

También anticipó el comercio globalizado de California “mezclando las razas europea, estadounidense y asiática”. Tal “mezcla” le cambió la vida. Durante la fiebre del oro, en 1849, conoció a un grupo de migrantes mexicanos que buscaban su fortuna. Él los invitó a buscar en la tierra que poseía, y lo hicieron rico.

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Pero cuando llegó al Senado, en 1850, su accionar no correspondió con esa experiencia. Entonces apoyó la opinión de muchos buscadores blancos, que miraban con recelo a los mexicanos, asiáticos y otros a su alrededor.

Los mineros chinos estaban siendo atacados, y un número creciente de mineros ciudadanos apoyaba un impuesto que se aplicaba sólo a los extranjeros.

Un compañero senador de Frémont en California, William M. Gwin, afirmó acerca de los mexicanos: “No los queremos en absoluto”.

En el Senado, Frémont concordó con esa postura, alegando que la fiebre del oro estaba sacando de México a “indios civilizados y castas inferiores”. “Trajo a California una población de carácter muy dudoso”, advirtió.

¿Qué cambió? Como individuo, en 1849 Frémont vio claramente sus intereses y empleó a personas con las habilidades que necesitaba.

Como legislador, en 1850, formó parte de un sistema cuyos líderes pensaban en abstracto sobre aquellos que eran diferentes a ellos.

Sabiendo que se enfrentaba a la reelección, reflejó con demasiada facilidad las opiniones de quienes decidirían su destino: los hombres blancos que habían llegado a dominar California.

Decididos a controlar la tierra recién conquistada, donde inicialmente eran superados en número, los californianos blancos no sólo discriminaron a los extranjeros, sino que también negaron el voto a casi todos los indios y estuvieron a punto de prohibir el ingreso de personas negras al estado.

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Cuando el Senado debatió su proyecto de ley que limitaba la búsqueda de oro a los ciudadanos, los argumentos fueron similares a nuestros debates sobre la inmigración 170 años después.

Un senador expuso que sería injusto que los extranjeros se beneficiaran con la fiebre del oro, porque los estadounidenses habían luchado y muerto para conquistar California.

Sin embargo, el senador William Henry Seward, de Nueva York, señaló que muchos inmigrantes se habían unido al ejército, con sus peligros y bajos salarios, y que “más de la mitad” de las 1,700 vidas estadounidenses perdidas en la guerra contra México “habían sido de hombres nacidos en tierras extranjeras”.

Seward, cuyos votantes incluían inmigrantes europeos, propuso vender permisos a buscadores que “declararan su intención de convertirse en ciudadanos”. Así, quienes no eran ciudadanos y quienes sí lo eran extraerían, juntos, más riqueza nacional que los ciudadanos solos.

Los senadores de los estados recientemente formados de Iowa y Wisconsin también se levantaron para defender a los nacidos en el extranjero: los inmigrantes de Europa estaban colonizando las praderas, y muchos aún no eran ciudadanos. Isaac Walker, de Wisconsin indicó que “eran votantes”, lo cual era cierto; numerosos estados luego permitieron votar a los residentes no ciudadanos.

Además, agregó: “Trabajaron en nuestras carreteras; pagaron impuestos; cumplieron todos los deberes de los ciudadanos”. Por todo ello, no podía “destruir todas sus esperanzas” bloqueando a quienes se mudaban a California.

Augustus Dodge, de Iowa, propuso un compromiso: el proyecto de ley debería permitir que los inmigrantes europeos extrajeran oro de California. Eran el tipo de inmigrantes que votaban en su estado. A Dodge le preocupaban menos los mexicanos: “Creo que son un pueblo miserable, que debería ser excluido de las minas”.

Después del debate, el proyecto de ley fue enmendado para permitir la minería a manos de ciudadanos estadounidenses y “personas de Europa que evidenciaran testimonio de buen carácter”.

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Pero cuando Frémont volvió a California, descubrió que la cuestión era contraproducente en su estado natal. La propuesta no sólo había alejado a los veteranos residentes mexicanos de California; tampoco había logrado apaciguar a los nativistas blancos.

Dado que los permisos mineros serían destinados principalmente a los ciudadanos, estos pagarían las tarifas exigidas, algo que los opositores consideraban como un impuesto discriminatorio contra ellos. Frémont simplemente estaba incursionando en el nativismo, y los políticos más cínicos giraban en torno a él. Escribió una carta abierta para alejarse de su propio proyecto de ley, pero no pudo ganar la reelección en 1851; el proyecto que pretendía promover esa reelección no fue aprobado.

Años más tarde, cuando se postuló para presidente como el primer candidato del nuevo partido republicano, Frémont se aseguró de no mencionar el episodio.

Cuando un borrador de la biografía de la campaña incluyó un pasaje sobre la cláusula de ciudadanía en el proyecto de ley de minería, su influyente esposa, Jessie Benton Frémont, le escribió instrucciones al biógrafo: “Decididamente, esto debe tacharse”. Y así fue.

Sin embargo, el proyecto de ley estableció el patrón para las décadas futuras, cuando California, tal como la nación en su conjunto, a la vez se benefició y discriminó el trabajo de los inmigrantes.

La lección del episodio es clara: los inmigrantes que ganaron y ejercieron el derecho al voto fueron respetados en el gobierno. Los que no pudieron votar, no lo fueron. Lo mismo ocurre en 2020: mientras Estados Unidos declara que “todos los hombres son creados iguales”, sólo aquellos que pueden asegurar el voto y lo usan con frecuencia tienen poder para defender su igualdad.

Hoy también podemos observar que la visión inicial de Frémont para California prevaleció. A pesar de su coqueteo con el nativismo, la California moderna se convirtió en un mercado global de personas e ideas, “que combina las razas europea, estadounidense y asiática”.

Maniobras políticas cínicas causaron un daño enorme, pero no pudieron detener el progreso, una perspectiva que vale la pena recordar en nuestros tiempos turbulentos.

Steve Inskeep es coanfitrión de Morning Edition, de NPR, y autor de “Imperfect Union: How Jessie and John Frémont Mapped the West, Invented Celebrity, and Helved Cause the Civil War” (Unión imperfecta: cómo Jessie y John Frémont crearon el oeste, inventaron la fama y ayudaron a causar la guerra civil).

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí

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