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California

Era desamparado, pero bajó 100 libras, descubrió su don para el arte y ahora enfrenta el aislamiento con la ayuda de sus maestros

Keith Wallick, 17, poses for a portrait in his South L.A. neighborhood.
Keith Wallick, de 17 años, posa para un retrato en su vecindario del sur de Los Ángeles. El joven tuvo problemas en la escuela, hasta que descubrió el arte.
(Gabriella Angotti-Jones / Los Angeles Times)

Keith Wallick, estudiante de último año de preparatoria, realmente desea ir a la universidad. “Sé que tengo que asistir, para mejorar”, asegura.

Sin embargo, cuando era más pequeño, detestaba ir a la escuela. Como estudiante de primer año, “era muy franco sobre sus sentimientos”, recuerda Susana Ansley-Gutiérrez, directora de Santee Education Complex, en el sur de Los Ángeles. “Me cruzaba con él en el patio, y me decía: ‘Señorita, no me gusta mucho la escuela. ¿Por qué tengo que venir?’”.

Finalmente, la mujer descubriría que su reticencia tenía dimensiones más allá de lo académico. Tan sólo el ir y venir al campus era difícil para él. Keith y su madre habían estado sin hogar desde que el chico estaba en séptimo grado, con estancias intermitentes en moteles. Su primer año en Santee “fue el más difícil”, comentó el alumno. “El motel estaba lejos de la escuela, así que llegaba siempre tarde”.

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Como estudiante nuevo, hacer amigos no era fácil. Keith comenzó noveno grado con un peso de más de 400 libras. “Empecé a sentirme un poco enfermo por eso”, dijo. “No a gusto conmigo, por mi tamaño”.

A Keith le resultaba difícil hablar con sus maestros sobre su peso, su soledad o su situación de vida. Pero cuando lo hizo, los funcionarios escolares dieron un paso al frente. Le proporcionaron una tarjeta de tarifa TAP cargada, para que pudiera viajar en la Línea Azul a la escuela sin depender de su madre.

Artist Keith Wallick, 17, holds one of his works.
Keith Wallick, con una de sus obras, tiene opción a becas para tres programas universitarios de arte diferentes.
(Gabriella Angotti-Jones / Los Angeles Times)

Con ese simple gesto, el chico bajó la guardia. Keith pudo conocer bien a sus maestros y comprendió cómo era sentirse cuidado por los demás. “Eran como entrenadores de vida para mí", comentó. Ellos le enseñaron a disfrutar de comidas saludables y lo alentaron a hacer ejercicio. Keith, quien caminó en la pista de la escuela todos los días durante años, bajó más de 100 libras.

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Cuando Keith mostró talento para la pintura, le sugirieron que ampliara su profesión y se dedicara a la danza, el diseño de moda y el arte escénico. Y así lo hizo.

Sus horizontes se expandieron, “y maduró hasta convertirse en este increíble joven”, afirma la directora, mientras Keith se prepara para su graduación, el próximo mes. “Pasó de ‘Señorita, no me gusta la escuela’, a ser uno de los estudiantes más involucrados en el campus”.

Esta primavera, Keith avanzó un paso más hacia su sueño cuando llegaron las cartas de aceptación de la universidad. Le ofrecieron admisión en tres universidades de arte, y él optó por la Academia de Arte de Cincinnati, que le brindó una beca para cubrir su matrícula.

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Pero antes de que esa perspectiva se hiciera realidad, la pandemia de COVID-19 aterrizó y sacudió planes que él creía seguros. Había acordado trabajar este verano para ganar dinero y pagar sus pasajes aéreos y tarifas de residencia, pero los empleos desaparecieron con los cierres de negocios. Ahora, los consejeros escolares y una organización local sin fines de lucro están tratando de recaudar dinero para él.

Keith sigue decidido a viajar a Cincinnati en el otoño. Pero en un escenario que también es familiar para otros miles de estudiantes desde que cerraron sus campus, ahora le cuesta reunir el entusiasmo necesario para el aprendizaje a distancia.

El chico vive con un hermano mayor y varios niños en un apartamento abarrotado, en Watts. Tiene que guardar sus pinturas sin terminar en un armario para que los pequeños no las arruinen. Extraña a sus maestros, la energía de sus compañeros de clase y un almacén escolar repleto de esos pinceles, colores y lienzos que tanto necesita.

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Los estudiantes artistas tienden a sentirse particularmente frustrados por las clases en línea, comentó Rubi Fregosa, coordinadora de educación artística de Partnership for L.A. Schools, una organización sin fines de lucro que supervisa Santee y otras 17 escuelas del Distrito Escolar Unificado de L.A. (LAUSD). “En artes visuales, hay muchas herramientas específicas que se utilizan... cosas que los alumnos quizá no tienen en casa y a las que no encuentran acceso”.

Pero esos alumnos también tienden a estar más comprometidos con las clases que sus compañeros, y más motivados para asumir desafíos, destacó. “Las artes brindan apoyo para el crecimiento social y emocional... Una vez que los jóvenes encuentran una pasión, y pueden identificar y explorar sus propios intereses, están en mejores condiciones para establecer y seguir objetivos. “Se sienten empoderados”, expuso Fregosa. “Eso es especialmente beneficioso para aquellos con mayores necesidades”.

Hay ‘Keiths’ en cada escuela, en todo Los Ángeles: estudiantes con dificultades y desafíos ocultos. Niños descarriados, cuyos talentos aún no fueron descubiertos.

El maestro de arte de Keith, Carlos Vargas, fue precisamente uno de ellos. “Sólo era bueno en arte”, recuerda. “Creo que estamos subestimados… Cuando las escuelas crean un ambiente con música y cultura, los alumnos pueden ser creativos y no ser juzgados por ello de manera negativa”.

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“Los juicios pueden ser duros en matemáticas, ciencias e inglés”, enfatizó. “Los maestros dicen: ‘No, hazlo de esta manera, no de esa otra’. En el arte, en cambio, hay que encontrar todo lo bueno en lo que los alumnos hacen”.

No fue difícil para él hallar lo bueno en las obras de Keith. El portfolio del adolescente es tan sofisticado, que fue considerado oficialmente como “dotado” para las artes.

A work by Keith Wallick.
Una obra de Keith Wallick.
(Gabriella Angotti-Jones / Los Angeles Times)

La especialidad de Keith son retratos impresionistas y dramáticos, particularmente de mujeres afroamericanas. “Me concentro en ellos porque con eso crecí", explica. “Fui criado por mi abuela, mi madre, mi tía... Las mujeres básicamente me hicieron quien soy. Y no siempre son apreciadas como deberían”.

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Para Vargas, el estilo de Keith se asemeja a los primeros trabajos del artista angelino Kehinde Wiley, un ex alumno que ahora es considerado un valuarte nacional. A Wiley se le comisionó el retrato presidencial de Barack Obama que ahora se exhibe en la Galería Nacional de Retratos del Smithsonian.

“De alguna manera, Keith me hace sentir que estoy viendo todo ese renacimiento de alguien que quiere romper un ciclo”, comentó. “Es absolutamente talentoso, increíblemente apasionado, asombrosamente resiliente”.

Hablar con Vargas me llevó de regreso a la escuela media y a Ishmael Johnson, un docente de arte que ayudó a dar forma a mi vida, aunque él no lo sabe. Me inscribí en su clase porque sonaba mejor que Economía Hogareña. El Sr. Johnson encontraba algo para alabar en cada proyecto que yo hacía. Estaba convencido de que tenía talento.

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Me di cuenta después, en la preparatoria, que no era para el arte. Sin embargo, el año que pasé en la clase del Sr. Johnson fortaleció mi confianza de una manera tal que, hasta el día de hoy, me envalentona. Él celebraba mi disposición a tomar riesgos creativos. Me enseñó que el arte implica ver con el corazón y también con los ojos. Es un regalo que me brindó, y en el cual me apoyo hasta hoy.

Para Keith, el arte fue un salvavidas que otra maestra de Santee le arrojó. Aunque no puede recordar su nombre, “aún puedo ver su rostro”, dijo.

La docente estaba exasperada porque él era un charlatán en clase, y hacía constantes interrupciones. “Ella quería mantenerme ocupado, para que no hablara tanto”, recordó Keith. Entonces le dijo que podría ser bueno en arte. “Y que debería tomar una clase”.

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Esa maestra podría haberse enfocado en disciplinarlo y, en cambio, enviarlo al despacho del director. Pero a ella le importó lo suficiente como para buscar una manera de canalizar su energía mental. Keith siguió su consejo y se inscribió en la clase de Vargas; allí surgió su talento, y un adolescente descontento se convirtió en un joven confiado.

Esa es una lección sobre cuán importantes pueden ser las acciones reflexivas, particularmente aquellas pequeñas cosas que no somos capaces de ver cuando nos obsesionamos con los puntajes de los exámenes escolares y juzgamos a los maestros sobrecargados de tareas.

Keith puede ser el foco de esta columna, pero el tema de fondo es la comunidad de maestros, compañeros de clase y administradores que se preocuparon lo suficiente como para estimularlo.

Es un hecho que los estudiantes confinados en casa están perdiendo terreno académico esta primavera. Sin embargo, la historia de Keith destaca un costo menos tangible aunque igual de importante ante el cierre de los campus: la pérdida de momentos comunes que vinculan a los jóvenes con sus escuelas, sus compañeros, sus docentes y sus propios talentos.

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En la adolescencia, en particular, es fácil que el aislamiento opaque un buen día. Es habitual sentirse perdido cuando uno está separado de sus amigos. Y es común experimentar enojo o depresión porque uno se pierde la clase de arte, la práctica de softbol o el ensayo con la banda.

“Me preocupan nuestros estudiantes”, admitió la directora de Santee, Ansley-Gutiérrez. “Todos tienen que adaptarse a esta nueva normalidad. Eso puede ser realmente difícil para los alumnos; no tener esa conexión social con sus compañeros, extrañar a los maestros en quienes han encontrado un sistema de apoyo”.

Después de todo, el futuro de un estudiante depende de mucho más que buenas calificaciones y puntajes altos en los exámenes.

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Hay todo tipo de interacciones y oportunidades en las escuelas, que pueden cambiar la trayectoria de un joven: la tarjeta TAP que la escuela de Keith le entregó le dio una sensación de independencia, hubo conexiones personales que promovieron su confianza. Las relaciones con sus maestros, que compartieron con él sus almuerzos y sus vidas, lo pusieron en camino hacia una salud más estable.

Y los logros académicos, incluso en una sola clase, crean confianza y permiten que cada estudiante se vea a sí mismo como alguien talentoso.

Para leer esta nota en inglés haga clic aquí

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