Advertisement

Promesa y peligro en Sur Los Ángeles

Alex Vargas, sargento de la Policía de Los Ángeles (LAPD), corrió cruzando el césped enfrente de un apartamento. Se reclinó suavemente a la puerta. “Está abierto”, dijo y su respiración se aceleró. Se miró con otro oficial que estaba parado en el pórtico, su arma la tenía pegada a su muslo. “Voy a entrar”, dijo Vargas. Los disparos habían salido del patio de Pueblo del Río, uno de los más antiguos y más grandes conjuntos habitacionales en Los Ángeles, Un lugar rodeado de pobreza y violencia pandilleril, casi desde que se construyó, hace 67 años. Era ya tarde, en viernes y estaba la noche tranquila. Y ahora parecía que alguien había pateado un hormiguero. Los mirones empezaron a llegar. Y también la policía. Había obstáculos por todas partes: casquillos que se supone que no deberías pisar; tendederos viejos, a la altura del cuello, con los que no te quieres cruzar. Un helicóptero de la policía sobrevolando la zona; todos observando su luz resplandeciente. Los testigos decían historias que no podrían ser verdaderas. El tirador había escapado con dirección Este, hacia el viejo molino de harina. No hacia el Oeste, hacia los rieles del tren. Tenía una pistola. No, un rifle. Pero acordaban en una cosa: A la víctima le habían disparado en la espalda y cayó en uno de los apartamentos. Vargas, un veterano de 16 años en el LAPD, encontró el lugar correcto. Pero no tenía idea de lo que encontraría al otro lado de la puerta. La violencia pandilleril se ha vertido en esta esquina del Sur de Los Ángeles, y líderes cívicos están trabajando para asegurar lo que parece ser una paz duradera en la comunidad – a través de nuevas tácticas policiacas y programas de prevención anti-pandillas, con fondos gubernamentales. Desactivar a Pueblo del Río es una proposición desalentadora que hubiera ocurrida en años anteriores. Pero aún así trae muchas complejidades: las tres pandillas que llaman la casa de “los Pueblos”, con familias de poco criterio que han estado desde sus comienzos. La comunidad refleja lo que se viene para el Sur Los Ángeles: un raro sentido de quietud y optimismo en la mayoría de los días, mitigado por alarmantes episodios que amenazan hundir al vecindario otra vez en la violencia. Una “ciudad jardín” Vargas empujó la puerta y entró. Las balas habían atravesado las ventanas, pasando por las cortinas que estaban encima de la lavadora y un matamoscas que estaba encima de la estufa. Una bala había atravesado un costado del refrigerador, cayendo en una coladera llena de papas. Otra le había pegado en una despensa y le pegó a una lata de chochitos rosas, de los que ponen en los pastelillos. Una tercera bala pegó en el hombro de Nicole Horne. Horne, de 25 años de edad, nació y se crió aquí –la tercera generación de su familia de vivir en este apartamento. Ella estaba en el patio cuando la pelea comenzó; las balas no iban para ella. Horne trastabilló hacia el apartamento, luego cayó sobre el piso de cerámica de la sala. “!Quema!”, gritó. ” ¿Dónde está la ambulancia?” Las heridas de Horne no eran de gravedad. Vargas le ayudó a mitigar el dolor hasta que llegaron los paramédicos. El sargento necesitaba volver a las calles, y no había nada más que él pudiera hacer. Pero mientras se retiraba en su patrulla, Vargas sospechaba que lo que acababa de ocurrir no sería lo último de este incidente. La zona en donde Horne fue herida está controlada por la pandilla Pueblo Bishops, la más dominante en esta comunidad. “Se matan entre ellos por esto [el conjunto habitacional]”, señaló Vargas. Para entender hoy a Pueblo del Río, primero hay que entender que una vez fue: un monumento, cuando se inauguró en 1942. El concepto era grandioso: casas para las masas, sin elegancia pero funcionales, que debían ser ocupadas por los trabajadores que trabajaban en la industria militar; una “ciudad jardín” sobre 17.5 acres entre las calles Alameda y 55 Este, donde 390 apartamentos tendrían entrada por adelante y por atrás hacia espacios verdes. Los arquitectos eran visionarios reconocidos, hombres como Paul Revere Williams y Richard Neutra, el diseñador vienés que había aparecido en la portada de la revista Time. Desde el comienzo, el destino de Pueblo del Río sería un espejo del Sur Los Ángeles. La demanda significa expansión; en 1954, 270 apartamentos más fueron construidos en un área adicional de 16.6 acres. Empleos y oportunidades significan diversidad; Pueblo del Río era casi una comunidad completamente afro-americana, en tiempos en que las familias anglosajonas en Los Ángeles estaban buscando otro lugar para tener sus hogares. La declinación empezó pronto. Las fábricas cerraron y los empleos empezaron a escasear. Las casas comunales para los pobres ya no eran vistas tan ingeniosas; se vieron ingenuas. Algunos políticos las empezaron a llamar viviendas “socialistas”. Ya no había dinero. Las ratas empezaron a aparecer. En los 70, el patio de juegos se pavimentó. En su punto más crítico, vendedores de drogas y drogadictos deambulaban como si nada. Pueblo del Río se convirtió en un lugar tremendamente pobre. El ingreso medio por familia era de $17,405, que era un tercio menor al promedio del Condado de Los Ángeles. Las pandillas se cimentaron. Miedo a la venganza Hoy, algunos residentes dicen que el olor a los laboratorios de metanfetaminas llenan los patios; y no se atreven a decirle a la policía, dicen que por que los matarían. Hay nuevos patios de juego, pero algunos padres afirman que los pandilleros les cobran 5 dólares por traer a sus hijos a jugar. Los disparos pueden comenzar en cualquier momento sin aviso. “Cuando comienzan [los tiros], comienzan”, comentó el sargento del LAPD, Art Silva. Después de emigrar de Guatemala, Zoila Hunt crió a su hijo aquí. Trabajó mucho, empacando toallas calientes y cargamentos de bolsas de plástico en las fábricas del centro de L.A., por lo cual sus dedos terminaron padeciendo de artritis. Hunt ha vivido 18 años aquí, su hijo es ahora un agente de la Patrulla Fronteriza, y ella ya es ciudadana estadounidense. “Amo a este país por lo que le ha dado a mi hijo”, dijo. Cuando se le preguntó acerca de criar a su hijo en los Pueblos, señaló: “Nunca le quite la visa. Nunca”. Actualmente, la mayoría del tiempo, Pueblo del Río funciona –a su manera. Las jardineras pequeñas que los arquitectos insistieron en instalar enfrente de los 109 edificios de apartamentos están llenas de rosas y palmeritas. Encima de éstas, árboles sicomoros, plantados durante la administración de Truman, han madurado y proveen una buena sombra. En los últimos años ha habido varias mejoras: plomería nueva y cableado nuevo en algunos apartamentos, pavimento nuevo en la cancha de basquetbol. Hay tres escuelas para niños pre-escolares, dos de ellos del programa Head Start. Recientemente se agregaron nuevo alumbrado con protección anti-balas. Los Pueblos es un lugar joven –casi la mitad de sus residentes tienen menos de 18 años— y todos los días después de la escuela, los niños corren hacia algunos de los apartamentos donde algunos residentes abren las ventadas de sus salas y , a través de barras antirrobo, venden papitas y dulces, inclusive venden papalotes.
Advertisement
Advertisement