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Atrapado en un furgón sin poder respirar

Por SONIA NAZARIO, Redactora del Los Angeles Times

Los coyotes, como le dicen a los contrabandistas, confundieron a Darwin Zepeda López con uno de sus clientes pagados.

Junto con sus clientes, lo condujeron hacia cuatro furgones que tenían las puertas abiertas. Luego lo subieron junto con otros 40 migrantes a uno de esos vagones de tren.

Zepeda, de 22 años de edad, larguirucho y con grandes ojos color miel, viajaba hacia el norte con rumbo al Río Grande. Iba solo, sin coyote que lo ayudara, porque ni él ni su familia podían pagar uno.

Ahora parecía que se había conseguido un viaje gratis.

Zepeda dice que oyó cuando las puertas de metal se deslizaron y se cerraron con estruendo. Los coyotes los encerraron desde afuera para que el vagón no suscitara sospechas. Era el mes de abril del 2000 en el sur de México, y la temperatura afuera ya superaba los 100 grados F. El interior del vagón se convertía ya en un horno.

A medida que el tren marchaba hacia el norte, los inmigrantes acabaron todo el agua de sus botellas. El aire del furgón se puso rancio de sudor. Zepeda apenas podía respirar. La gente comenzó a vociferar y a gritar pidiendo auxilio.

Algunos se arrodillaron para rogarle a Dios que detuviera el tren.

Con 40 emigrantes en cada uno de los cuatro furgones, los coyotes estaban ganando al menos $320,000. El costo de emplear coyotes se ha duplicado desde 1993, cuando el Servicio de Inmigración y Naturalización (INS) de Estados Unidos añadió 5,600 agentes a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos, haciéndoles más difícil el paso a los indocumentados.

La cuota más barata para los adultos centroamericanos va de $2,000 a $3,000.

Para los niños, cuesta el doble, asegura Robert J. Foss, director de asuntos legales del Centro de Recursos Centroamericanos (CARECEN), un grupo de ayuda a los inmigrantes con sede en Los Angeles. Algunos padres de familia pagan más del doble. Las cuotas para los coyotes de lujo, afirma Foss, ascienden hasta los $10,000. Estas ofertas garantizan arribo por vía aérea.

La mayoría de las madres ahorran durante años y contratan coyotes para sus niños. Algunas mujeres coyotes se hacen pasar por tías. Utilizan papeles falsos de identificación para los menores, los arrullan para que se duerman en la parte trasera de los autos y , por si acaso, les enseñan algunas frases en inglés para responder a las preguntas típicas del INS. Otros coyotes, que también son conocidos como “polleros”, ponen a sus clientes en pequeñas embarcaciones y los traen navegando a lo largo de la costa mexicana. Aun hay otros que hacen el viaje en autobús con los niños.

Pocos coyotes son dignos de confianza. Algunos son borrachos o drogadictos. Muchos cobran parte de sus cuotas por adelantado, para luego abandonar a sus clientes en el camino. A veces los roban y los violan.

Zepeda aprendió que tampoco valoran mucho la vida.

Los pasajeros empezaron a pelearse a puñetazos para poder inhalar aire fresco a través de los pequeños agujeros que la oxidación había creado sobre las puertas. Después de cuatro horas, dice él, una mujer asmática comenzó a suplicar que le dieran agua y luego se desplomó al suelo inconciente. Algunas personas le abrieron la boca y trataron de darle las pocas gotas de agua que pudieron encontrar. Al final, la dieron por muerta. Hubo hasta quienes se pararon encima de su cuerpo para alcanzar los orificios de ventilación más altos.

Por motivos que Zepeda no pudo dilucidar, los oficiales mexicanos se alarmaron y mandaron detener el tren. Pero el maquinista, quien seguramente había sido sobornado por los coyotes, no les dio el tiempo suficiente para inspeccionar a fondo los vagones antes de emprender la marcha de nuevo. Durante los siguientes 40 minutos, afirma Zepeda, él vió al menos a siete inmigrantes caer al piso.

El vagón, asegura, parecía una morgue rodante.

Pasaron cinco horas de viaje antes de que agentes de migración mexicanos acompañados por unos soldados forzaran al maquinista a detener el tren y abrir los vagones. Zepeda logró escaparse durante la confusión.

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