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Barack Obama

Los demócratas que se aprestan para votar en las primarias del martes en California podrán marcar sus boletas con confianza, a sabiendas de que cualquiera de los precandidatos será un candidato fuerte y, de ser elegido será un líder innovador y un presidente capacitado. Pero tan sólo porque la boleta incluya a dos precandidatos fuertes no quiere decir que sea difícil seleccionar entre ellos. Instamos a los votantes a que aprovechen al máximo este momento histórico, seleccionando al demócrata más enfocado en dirigir al país hacia un cambio constructivo: Recomendamos firmemente a Barack Obama.

El senador federal por Illinois se destaca como líder ejemplar que supera las típicas rencillas intestinas de la campaña y apela a los estadounidenses que desde hace mucho están hastiados de la política divisoria y destructiva. Él electriza a los votantes jóvenes, no por ser joven sino porque encarna el deseo de pasar al próximo capítulo de historia estadounidense. Trae consigo un profundo conocimiento de relaciones exteriores y de las luchas particulares de este país en materia de identidad y oportunidad. Su donaire expresivo, tanto por escrito como en la campaña verbal, predispone con mucha facilidad a los observadores a olvidar que Obama no es sólo un hombre de estilo, sino de sustancia. Es un esmerado estudiante de la Constitución y un legislador experimentado del estado que representa y, en los últimos tres años, del Senado.

En cuanto a política, Obama y su rival demócrata, la senadora Hillary Rodham Clinton, de Nueva York, están a un pelín uno del otro. Ambos prometen retirar las tropas de Irak. Ambos están empeñados en reformar el sistema del cuidado de la salud. Ambos hacen críticas sinceras a la fallida presidencia de George W. Bush, a su aventurerismo fanfarrón, a su enajenante postura ante otros países y a su displicente desdén por los sagrados valores estadounidenses, tales como la libertad individual y el debido proceso jurídico.

Con dos precandidatos tan estrechamente alineados ante los problemas, tenemos que fijarnos en sus capacidades y potencial como líderes, y su historial de acción al servicio de sus ideales expresos. Clinton es una consumada funcionaria pública cuya elección proporcionaría familiaridad y, más importante, competencia en la Casa Blanca, donde han faltado en los últimos siete años. Pero la experiencia sólo vale cuando la acompaña el coraje y cuando conduce al buen juicio.

Nunca hizo más falta ese buen juicio que en el 2003, cuando se pidió al Congreso que aceptara o rechazara la desastrosa invasión de Irak. Clinton encaró una prueba y falló, sumándose a la estampida del Congreso que votó a favor de autorizar la guerra. En el debate de la semana pasada y en sesiones anteriores, Clinton culpó a Bush de abusar de la autoridad que ella ayudó a darle, y mucho que se ha valido ella del hecho de que Obama no estuviera aún en el Senado y no enfrentara a la misma prueba. Pero Obama ya estaba en la vida pública, vio el peligro de la invasión y de las consecuencias de la ocupación, y lo dijo. Estaba en lo correcto.

Obama también demuestra tener los ojos abiertos ante la amenaza terrorista que se presenta al país y no escatimaría una acción militar si estuviera justificada. No se opone a todas las guerras, como ha declarado notablemente, sino a las “guerras tontas”. También lleva ventaja en cuanto a la economía, no tanto por los puntales de su plataforma en particular, como por su entendimiento de que las ortodoxias liberales desarrolladas en los últimos 40 años han sido superadas por la historia. Ofrece liderazgo en la educación, la política de la tecnología y la protección ambiental sin el lastre de las posiciones asumidas por las presidencias anteriores.

En contraste, el regreso de Clinton a la Casa Blanca, que ella ocupó durante ocho años como primera dama, resucitaría parte del triunfo y de las discusiones de aquella era. Sí, la presidencia de Bill Clinton fue un período de auge y oportunidad, y los demócratas tienen motivos para añorarlo. Pero también fueron tiempos de un abrasador fuego político, como le han hecho recordar al país los recientes comentarios del ex presidente en esta campaña. Elegir a Hillary Clinton sería extender a una tercera década el duelo político post-Reagan entre dos familias, los Bush y los Clinton. Obama tiene razón: Ha llegado la hora de pasar la página.

La presidencia Obama presentaría un rostro estadounidense diferenciado, el de un hombre de ascendencia africana, nacido en el más joven de los estados del país, y criado en una infancia que en parte transcurrió en Asia, entre musulmanes. Ninguna campaña de relaciones públicas podría lograr más que la sencilla presencia de Obama en la Casa Blanca para calmar la pasión antiestadounidense alrededor del mundo, ni hay experiencia política capaz de sobrepasar lo que Obama ha vivido, en términos de preparar a un presidente para entender el carácter estadounidense. Su candidatura brinda a los demócratas la mejor esperanza de llevar a Estados Unidos al futuro, y da a los californianos la oportunidad de emitir el voto más emocionante y trascendental de toda una generación.

En el idioma de la metáfora, Clinton es un ensayo, sólido y razonado; Obama es un poema, lírico y pletórico de posibilidades. Clinton sería una ejecutiva valiosa y competente, pero Obama la iguala en sustancia y añade algo que le ha faltado al país desde hace demasiado tiempo, un sentido de inspiración.


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